JUPP HEYNCKES, EL MITO SILENCIOSO
(http://i.imgur.com/wgoYA49.jpg)
Al hablar de Jupp, muchos asociarán su nombre al de un entrenador de prestigio. Lo cierto es que, habiendo ganado todo lo que ha ganado en los banquillos, su leyenda no se acerca a lo que hizo dentro del campo. Heynckes fue uno de los mejores jugadores de su generación, y referencia inexcusable del fútbol alemán y europeo de los años 70. Junto a Vogts y Netzer es el mayor mito del Borussia M’gladbach, y eso en los 70 no es poco. Cuando se retiró, en 1978, lo hizo con unas cifras que le sitúan actualmente como el tercer máximo goleador de la historia de la Bundesliga. 220 goles que hace que por delante solo tenga al espectacular Fischer y, obviamente, al hombre que le hizo sombra toda su carrera, Gerd Müller.
Aunque había comenzado a mediados de los 60, se podría decir que la leyenda de Jupp Heynckes empieza en 1970. Regresaba a Moenchengladbach tras tres años en Hannover. En el Stadion Bökelberg se estaba gestando un equipo magnífico, del que él sería la punta de lanza. Berti Vogts en defensa y Gunther Netzer en el medio del campo eran los otros dos hombres clave. Luego, a lo largo de la década vendrían Bonhof, Wimmer, Stielike, Simonsen, etc. Pero Heynckes estaría siempre. Udo Lattek y Hennes Weisweiler serían los entrenadores que les llevarían a la cumbre, jugando un fútbol fluído, de ataque y dinámico. El Borussia era la cara espectacular del fútbol alemán y su duelo durante todo el decenio con el poderoso Bayern Munich centró la atención del campeonato teutón durante los 70. Bayern y Borussia eran, por así decirlo, las dos formas de entender el juego que existían en la Republica Federal Alemana por aquel entonces. Y ambos copaban con sus jugadores la selección nacional. Moenchengladbach era el espectáculo y así influenció a la selección alemana en 1972, mientras que Munich era la máquina, la eficacia, como bien demostró el equipo nacional en 1974. El duelo de ambas escuelas se llevaría a todos los ámbitos.
Especialmente en 1972, la selección alemana jugaba al ritmo del Borussia. Vogts, Wimmer, Netzer y Heynckes eran titulares, y el número 10 del Moenchengladbach llevaba los mandos e un equipo que jugaba de maravilla y que aplastó a Inglaterra en Wembley antes de pasearse por la fase final disputada en Bélgica. Sí, Netzer era más que Beckenbauer en ese equipo. Heynckes, merced a sus excelentes campañas goleadoras se había ganado el puesto en el ataque al lado de Gerd Müller, pero era él quien tenía que caer a las bandas para hacerle espacio al goleador del Bayern. Y este no decepcionaba. Se entendían bien y Heynckes aceptaba su rol de buen grado.
1974 fue un poco peor. La base de la Euro 72 se mantenía pero había algo que no funcionaba, y era Netzer. Fuera del mejor estado físico posible y en guerra con los jugadores del Bayern, Netzer cayó en desgracia y casi no jugó en el Mundial. Overath había vuelto a la selección y su baja tampoco era tan dramática. Alemania se las ingenió para ganar el Mundial y crear un estilo sólido aún sin Netzer. De hecho, el hueco que dejó el entonces jugador del Real Madrid sirvió para que Alemania recuperase ese mejor nivel y potenciase a jugadores como Uli Hoenness y Paul Breitner. Pero sin su inseparable compañero, Heynckes también cayó a las profundidades del banco. Helmutt Schön apostó por dos extremos abasteciendo a un único delantero centro, y ese, en Alemania, era Müller. Heynckes podía jugar en la banda, pero no podía competir con auténticos especialistas como Grabowski o Hölzenbein. Sin embargo, allí estuvo Jupp, trabajando en silencio, ayudando al grupo y aportando su granito de arena para lograr el doblete Euro-Mundial. Como casi siempre en su carrera.
La selección le dio sus mayores éxitos, pero la leyenda de Heynckes se forjó en el Bökelberg de Moenchengladbach. Allí ganó cuatro Bundesligas, tres de ellas consecutivas, la Copa alemana y también saboreó el éxito europeo. En 1972 Heynckes fue uno de los protagonistas de un sonoro 7-1 al Inter de Milan en Copa de Europa, aunque los incidentes violentos con el público llevaron a la UEFA a mandar repetir el partido, quedando el Borussia eliminado. En 1973, un Heynckes desatado, autor de 12 goles, lideró a su equipo a ser el primer conjunto alemán en llegar a la final de la Copa de la Uefa, que perderían ante el que sería pesadilla del Borussia MG: el Liverpool inglés. Los reds también le arrebatarían la Copa de Europa de 1977, en la final disputada en Roma. Heynckes ya empezaba a acusar el peso de las lesiones, pero sólo un año antes había sido el máximo goleador de la Copa de Europa, como lo había sido de la Recopa del 74, a pesar de que el Milan le apeó en semis.
El éxito Europeo le llegó en el año 75. Una apoteósica victoria por 1-5 en el encuentro de vuelta de la final, permitió al Borussia derrotar al Twente holandés y alzar la Copa de la UEFA. Cómo no, los 10 goles de Heynckes –de nuevo máximo goleador del torneo- fueron capitales para el éxito. Su record de 23 goles en 21 partidos de UEFA sigue siendo uno de los mejores de la historia de la competición. Si esto no fuera poco, en sus mejores años Heynckes competía directamente con Gerd Müller por el título de máximo goleador de la Bundesliga. En el 73 quedó segundo con 28 goles, un año más tarde terminaron empatados con 30 y en el 75 Jupp se impuso con 27 en un torneo que era, verdaderamente, el más fuerte de Europa. Un duelo por todo lo alto que también se refleja en la competición continental, donde Heynckes acumula una media de 0.8 goles por partido, solo batido por el 0.89 de Müller. Cuando en 1978, a los 33 años y castigado por las lesiones, Heynckes se retiró, estaba claro que su futuro era ser entrenador.
Tras colgar las botas, Heynckes pasó a ser inmediatamente el segundo entrenador de Udo Lattek en el Borussia, y cuando este dejó el equipo para entrenar al Dortmund –y posteriormente al Barça-, Jupp asumió el reto de mantener al equipo entre los mejores de Alemania. No era fácil otros clubes habían emergido con fuerza en el panorama alemán, como el Colonia, Hamburgo, Kaiserslautern, Eintracht o incluso Werder Bremen y Stuttgart. Y además, el Borussia debía pasar por una inevitable renovación cuando sus mitos iban retirándose. Simonsen y Stielike habían marchado a España, al igual que Bonhof, y Vogts se había retirado. El joven Matthäus y Ewald Lienen eran ahora los hombres de referencia de la plantilla que dirigía Heynckes. En su primer año, el técnico novato lleva a su club a la final de la Copa de la UEFA de 1980. Esta es una edición que será recordada porque los cuatro semifinalistas del torneo son alemanes: Bayern, Borussia, Stuttgart y Eintracht. Y además el Kaiserslautern había llegado a cuartos. En la final, Borussia y Eintracht se miden de poder a poder. Los de Frankfurt son un magnífico equipo que viene de meterle al Bayern cinco goles en semis y que alinean figuras como Bruno Pezzey –el fantástico líbero austríaco-, KarlHeinz Körbel –elegante central, el hombre que más partidos ha jugado en la Bundesliga-, Bernd Nickel –el centrocampista más goleador de la historia de la liga alemana-, Bernd Hölzenbein o el coreano Cha Bum Kun. Con Matthäus en el centro del campo y Lienen liderando la delantera, apoyados por el mítico central Wilfried Hannes y el eléctrico extremo Karl Del’Haye, los de Heynckes consiguen imponerse 3-2 en la ida en Bökelberg, pero un solitario tanto de Schäub le da la victoria al Eintracht por el valor doble de los goles.
Esa final fue una decepción, pero era un comienzo emocionante para una nueva etapa. El Borussia, con Heynckes, seguirá estando entre los mejores de la Bundesliga, pero nunca llegará a luchar por los títulos tan habitualmente como en los 70. Incluso sufrirá algunos duros reveses, como una de las famosas remontadas del Real Madrid en la Copa de la UEFA. 5-1 había ganado el Borussia en Alemania, 4-0 fue vapuleado en la caldera del Bernabeu.
Tras ocho temporadas en su club de siempre, a Jupp le llegó la oportunidad de dirigir al Bayern. Era un equipo que venía de perder la final de la Copa de Europa de 1987 contra todo pronóstico y que tenía buen material sobre el que trabajar. Heynckes lo dirige entre 1987 y 1991, ganando dos ligas en el 89 y el 90. Primero tuvo que sobreponerse a la pérdida de Matthäus, Pfaff o Brehme, que se fueron al Calcio. Heynckes firmó a algunos de los más prometedores jugadores alemanes, como Olaf Thon, Jürgen Köhler o Stefan Reuter y construyó un equipo que ganó ambas ligas, pero que se vió desmantelado tras el Mundial italiano. En la temporada de 1991, el equipo no funcionaba y Heynckes fue cesado.
Hasta entonces, sólo dos entrenadores teutones habían pasado por España, Lattek y Weisweiler, precisamente los dos que más influyeron en la carrera de Heynckes. También habían estado los austríacos Merkel, Happel y Senekowtisch, pero esto es otro cuento. Heynckes aceptó la oferta del Athletic Club de Bilbao y desde su llegada cambió la imagen del clásico entrenador germánico. Nada de látigo, ni de brusquedades. Un hombre educado, tranquilo y que encontró en Bilbao un equipo que le permitió trabajar con la cantera y tratar de desarrollar un fútbol muy atractivo. Juntó una buena camada de cachorros de Lezama, el más destacado de ellos Julen Guerrero, al que cuidó e hizo crecer hasta convertirse en el jugador joven más deseado por los grandes clubes europeos. Guerrero, jugando de mediapunta, se convertirá en una de las sensaciones de la Liga Española y en el símbolo del Athletic de Heynckes, al que clasificará para la Copa de la UEFA.
Tras Bilbao, Heynckes regresó a Alemania para hacerse cargo de uno de los proyectos más atractivos del Continente en aquella época. Bajo la dirección de Dragoslav Stepanovic, el Eintracht de Frankfurt pareció recuperar sus mejores tiempos. Desde 1991 a 1994, el Eintracht, liderado por jugadores como Anthony Yeboah, Uwe Bein, un jovencísimo Jay Jay Okocha y Maurizio Gaudino –uno de los más reputados centrocampistas ofensivos de Alemania-, había practicado un juego dinámico, vistoso y espectacular, que le había granjeado el apodo de Fussball 2000. Heynckes, que además venía de promover la misma idea de juego en Bilbao era visto como el sucesor ideal de Stepanovic, pero desde el comienzo las diferencias con las grandes figuras del equipo, especialmente Yeboah y Gaudino, llevaron el proyecto al fracaso. Y Heynckes regresó a España, a Tenerife concretamente, donde el ambicioso presidente Javier Pérez estaba construyendo un equipo para tener trascendencia europea.
Heynckes revivió en las Islas Canarias. Formó un equipo muy bueno, que jugaba un gran fútbol y que llegó a ser semifinalista de la Copa de la UEFA en 1997, siendo eliminado por el futuro campeón, el Schalke 04. Heynckes estaba de nuevo en boca de todos, y el Real Madrid llamó a su puerta para el año 1997-98.
El entrenador alemán heredaba un equipo construido por Fabio Capello, que había ganado de manera brillante la liga el año anterior, y que contaba con jugadores como Hierro, Roberto Carlos, Redondo, Seedorf, un joven Raúl, Suker o Mijatovic. Además, durante el verano de 1997 tambien llegó Fernando Morientes, que sería durante más de un lustro un jugador muy importante con el Madrid y la Selección. El objetivo principal de Heynckes era rematar el proyecto iniciado por Capello, y esto significaba conquistar la tan ansiada séptima Copa de Europa para el Madrid. El reto era difícil, pero ilusionante, y más aún cuando el Madrid vapuleó al Barcelona por 4-1 en la Supercopa de España. Pero las cosas se torcieron pronto en la Liga. El equipo no arrancaba y pronto se vió que Heynckes no tenía el mando en el vestuario. La llamada “Quinta de los Ferraris” era quien mandaba, y el objetivo único y exclusivo era la Copa de Europa. El Madrid pasó un grupo con Rosenborg, Olympiakos y Oporto con facilidad y se plantó en cuartos de final ante el Bayer Leverkusen, ante el que hizo su primera aparición estelar Christian Karembeu. Su punterazo aseguró un empate en Alemania que permitió al equipo llegar con oxígeno al Bernabeu, donde se ganó con solvencia, 3-0. Para cuando las semifinales llegaron, el Madrid era un descontrol. Heynckes cada vez parecía tener menos autoridad, y algunos de los jugadores, como Raúl o Suker, estaban bastante lejos de su mejor rendimiento. Pero en Copa de Europa el equipo se transformaba. Ante el Borussia Dortmund –campeón de Europa-, se asistió a la exhibición de Fernando Redondo en Alemania, y a la ya mítica caída de la portería del Bernabeu. Portería que recibiría el segundo punterazo histórico de Karembeu. Sólo quedaba un paso para alcanzar la gloria, y era el más difícil: en Amsterdam y contra el mejor equipo de Europa, la Juve de Marcelo Lippi, que llegaba a su tercera final con un Del Piero imparable y un equipazo en el que destacaban Zidane, Deschamps, Inzaghi , Davids o Montero. Pero el Madrid se impuso y conforme se desataba una locura nunca vista en la capital española -32 años son muchos años-, Heynckes sabía que su tiempo en el Madrid se había agotado. Estaba bien, se iba dejando un legado imborrable, algo que nadie puede negarle. El capitán de la nave en el camino hacia la Séptima fue él, aunque algunos digan que era de cartón-piedra.
Tras alcanzar lo máximo, la carrera de Heynckes pareció entrar en un túnel que sólo tenía una salida: la de la retirada en la penumbra y el silencio. Etapas poco exitosas en el Benfica, el Athletic de Bilbao –de nuevo-, el Schalke 04 o su regreso a casa, dirigiendo al Moenchengladbach, parecían confirmar estos augurios. Tampoco su momento como interino del Bayern tras la destitución de Klinsmann auguraba grandes cosas. Pero, por esas cosas que tiene el fútbol, tras salir de Munich y trasladarse a Leverkusen, Heynckes pareció renacer un poco para el fútbol de élite. Construyó un Bayer correoso, difícil de ganar, y que luchó por la Bundesliga contra el brillante Borussia Dortmund de Jürgen Klopp y Nuri Sahin. En esta etapa, Heynckes tomó bajo su ala a Toni Kroos, en aquel entonces gran esperanza del fútbol teutón que parecía no acabar de despegar. Lo convirtió en el mejor centrocampista de la Bundesliga ese año –junto al propio Sahin- y regaló al Bayern un perfecto especímen de centrocampista alemán tradicional.
Heynckes y Kroos se reencontrarían en Baviera, tras la destitución de Louis Van Gaal. Parecía improbable un tercer regreso de Jupp a Munich, pero ocurrió. Parecía improbable una final de Copa de Europa y se jugó. Parecía aún más improbable que el Bayern le confiase un proyecto, pero sucedió. Y en 2012-13, 25 años de su primera vez en la capital bávara, Jupp Heynckes renació para el fútbol de super élite, nos ha regalado algunos de los mejores partidos del año y ha convertido a una gran plantilla del Bayern en uno de los mejores equipos de la década. Ya se despidió de la Bundesliga, pero el sábado puede hacerlo de manera aún más grande y sellar definitivamente su leyenda. El triplete está a un paso. ¡A por él, Jupp!
Sergio Vilariño
Pedazo de articulo del gran David de la Peña
Jürgen Klopp: La compleja sencillez
(http://static.guim.co.uk/sys-images/Football/Pix/pictures/2012/4/16/1334589624617/J-rgen-Klopp-008.jpg)
Cuando Jürgen Klopp se graduó en 1995 en la Universidad Johan-Wolfgang-Goethe de Frankfurt en la disciplina “Sportwissenschaft” (la traducción sería ciencias del deporte), probablemente no esperaba de donde iba a provenir el primer galardón de su carrera, apenas un par de lustros después. Premio que empezó a dar forma a un nombre, y a allanar un camino que, después de una carrera como futbolista que se desarrolló en su totalidad en la segunda división del fútbol alemán, era complicado predecir. En 2006, siendo entrenador del Mainz 05, la cadena de televisión ZDF le ofreció la posibilidad de comentar los partidos de la selección alemana durante el Mundial. No hay que olvidar que en aquella edición la Mannschaft era anfitriona, y a pesar de perder el título en la final, la sensación, por expectativas, es que el equipo hizo un buen torneo. Quiero decir con esto que la afición lo vivió de principio a fin, su ilusión avanzó rondas con los comentarios de Klopp, y creó una afinidad con el hoy técnico del Dortmund que mucho tuvo que ver con su personalidad y con sus aportaciones novedosas, como analizar a través de la tecnología las vicisitudes tácticas del equipo.
Klopp le dio al programa una calidad especial, además de añadir esa forma de ser tan particular, cercana y extrovertida, y junto a sus compañeros Johannes B. Kerner y Urs Meier recibió el premio de mejor programa deportivo de la televisión alemana de 2006. Es evidente que Jürgen Klopp no llegó al Borussia Dortmund por haber sido premiado tras su aportación en los medios, pero no cabe duda de que creó una imagen de respeto y cercanía con el aficionado al fútbol en Alemania. Klopp jugó en el Mainz 05, y una vez retirado, en el año 2001, se hizo cargo del equipo de Maguncia. Tras varios intentos, consiguió ascender a la Bundesliga en la temporada 2003/2004, donde tuvo un buen arranque en la máxima categoría, llegando a disputar la Copa de la UEFA. Sin embargo, el equipo descendió en el año 2007, y tras mantenerse como técnico en Bundesliga 2 y no lograr el ascenso, decidió abandonar el club en el que había hecho su vida futbolística.
Haber entrenado el año antes en segunda división no fue un impedimento para que Michael Zorc, leyenda del Borussia Dortmund, confiase en él para que encauzase el rumbo de un club que diez años antes había sido Campeón de Europa. Y no sólo eso, el Borussia Dortmund había conseguido ganar la Bundesliga en 2002, acababa de salir a bolsa y la sensación es que comenzaba un ciclo ganador y de crecimiento sostenido. Sin embargo, algunos fichajes desacertados, y la eliminación en la previa de la Liga de Campeones en el año 2003/2004, fueron el detonante de una grave crisis financiera, que acabó en una caída enorme de las acciones y de una reducción del presupuesto que obligó a iniciar un proyecto con futbolistas de perfil más bajo. Uno de los clubes con más masa social de toda Europa (el propio Klopp dijo que ya admiraba al Borussia Dortmund, pero tras sentirse parte de la pared amarilla lo admiraba tres veces más), vivía una época de vacas flacas.
Pero desde que llegó Jürgen Klopp (julio de 2007) todo ha cambiado. La nueva imagen alegre y cercana del Borussia Dortmund se acerca mucho a esa comunión que consiguió con el aficionado al fútbol en su época de comentarista. Poco amigo de los trajes (habitual verle con chándal, o celebrar goles corriendo por la banda o incluso subido a alguna valla), resume sus ideales con una gorra que ya es mítica dentro de la Bundesliga. Y es que en ocasiones porta una donde se puede leer “Pöhler”, una palabra de Dortmund que significa “jugador de la calle”. Desde luego, no sorprende que ese tipo de futbolista descarado, atrevido e imaginativo con el balón sea de su gusto, y menos sorprende que los Kagawa, Götze o actualmente Reus hayan sido, o son actualmente, piezas importantísimas dentro de su esquema.
Seguramente lo más destacable de sus planteamientos sea la versatilidad. Quizá el hecho de que el Dortmund haya sido un campeón alegre, poco esperado por tener que enfrentarse a un gigante como el Bayern Munich, y con una plantilla joven, lo haya incluido en un tópico donde la tónica sea encuadrar su fútbol en una propuesta basada únicamente en la asociación y el ataque posicional. Pero la realidad es que el Dortmund ha alternado momentos donde sí hemos visto esta idea con otra donde se sucedían ataques verticales, basados en las transiciones y el control del espacio más que del balón. Y no siempre con el equipo replegado (caso de sus enfrentamientos recientes contra el Bayern), si no, como por ejemplo en el Etihad, intentando robar a buena altura e iniciando esa transición rápida a partir de la recuperación durante la fase de salida del rival, con Götze y Reus partiendo desde las bandas para que recibieran lanzados desde allí. Por ello, a pesar de su imagen un tanto descuidada y de defender personalmente ese fútbol de la calle, Jürgen Klopp es un entrenador metódico y con recursos.
De hecho, como él mismo dice, considera la tecnología una parte fundamental en la fase de preparación (y por lo mostrado, le gusta hasta el punto de divertirse a través de ella en televisión). Aunque, siendo fiel a lo mostrado en sus planteamientos de partido, maneja también los métodos de trabajo más convencionales. Quedó demostrado cuando en alguna ocasión ha hablado de Felipe Santana, al que consideraba un central de físico privilegiado pero de ciertas carencias técnicas para ser eficaz en los despejes y la coordinación, y consiguió pulirle a base de lo más básico: la repetición. Klopp dice que la formación es la repetición. Pone el ejemplo de un baterista, que ha repetido una secuencia más de 2000 veces, y que al final acaba actuando inconscientemente. Considera que esa formación vale para los músicos y los atletas, y así tuvo al bueno de Felipe Santana, realizando un trabajo específico mandándole balones y balones desde todos los lados para perfeccionar su técnica. Klopp tiene las ideas claras: la tecnología más avanzada se completa con las ideas más básicas. Así es su fútbol: complejo y sencillo.